Su riesgo como administrador no empieza con el concurso: las señales que conviene vigilar

Tener en cuenta las alertas tempranas de crisis empresarial es fundamental para prevenir el riesgo como administrador de no actuar con diligencia
El riesgo como administrador en situaciones de problemas financieros debe contemplarse


La mayoría de los administradores creen que su riesgo comienza el día en que la empresa entra en concurso. Es un error.

En realidad, el riesgo como administrador suele empezar mucho antes: no cuando se presenta la solicitud ante el juzgado, sino cuando aparecen las primeras señales objetivas de deterioro económico y financiero y, pese a ello, nadie adopta decisiones.

La experiencia demuestra que las empresas rara vez pasan de una situación normal a una insolvencia irreversible de la noche a la mañana. Lo habitual es que exista un período previo en el que se acumulan síntomas: tensiones de tesorería, impagos puntuales, pérdida de clientes, dificultades para acceder a financiación o deterioro progresivo de los resultados.

Esas señales no solo deberían preocupar desde una perspectiva empresarial. También tienen relevancia jurídica: la Ley Concursal no distingue únicamente entre empresas solventes e insolventes, sino que reconoce también la insolvencia inminente y la probabilidad de insolvencia, es decir, situaciones previas en las que ya es posible y aconsejable actuar.

Un administrador diligente no está obligado a evitar todos los problemas. Ninguna norma exige anticipar una crisis económica, una caída de mercado o la pérdida de un cliente estratégico.

Lo que sí exige la ley es que, una vez identificadas las señales de riesgo, actúe con la diligencia de un ordenado empresario, supervise la situación y adopte las medidas adecuadas para proteger la continuidad de la empresa y los intereses de quienes se relacionan con ella. La propia Ley de Sociedades de Capital protege las decisiones empresariales adoptadas de buena fe, con información suficiente y conforme a un procedimiento adecuado, aunque después no salgan bien.

El verdadero riesgo como administrador no suele surgir cuando aparecen las dificultades. Aflora cuando las dificultades son evidentes, las señales de deterioro son objetivas y, llegado el momento, nadie puede acreditar que el órgano de administración las identificó, las evaluó y actuó diligentemente para afrontarlas. Por eso, en situaciones de incertidumbre, tan importante como adoptar decisiones es poder acreditar posteriormente que dichas decisiones existieron, fueron analizadas y se apoyaron en información suficiente.

El principal error: confundir pérdidas con insolvencia

Muchas compañías presentan pérdidas y continúan siendo perfectamente viables.

Uno de los errores más frecuentes consiste en identificar automáticamente pérdidas económicas con insolvencia.

Una empresa puede registrar pérdidas durante varios ejercicios o presentar un patrimonio neto significativamente deteriorado y seguir siendo viable desde el punto de vista operativo y financiero.

Ahora bien, que las pérdidas no equivalgan a insolvencia no significa que carezcan de consecuencias jurídicas. Cuando las pérdidas reducen el patrimonio neto por debajo de la mitad del capital social, la sociedad incurre en causa de disolución y los administradores deben convocar la junta general en el plazo de dos meses para que adopte las medidas oportunas. Si no lo hacen, pueden responder personal y solidariamente de las deudas sociales posteriores. Es, probablemente, la alerta temprana con mayores consecuencias directas para el administrador.

Del mismo modo, una empresa puede presentar beneficios y atravesar graves problemas de tesorería que comprometan su capacidad para atender regularmente sus obligaciones.

La verdadera cuestión no es si la empresa gana o pierde dinero en un ejercicio determinado, sino si dispone de recursos suficientes para atender sus compromisos presentes y futuros y si el órgano de administración está monitorizando adecuadamente esa situación.

Por eso la insolvencia no puede analizarse únicamente desde la cuenta de resultados.

La pregunta relevante es otra: ¿Puede la empresa cumplir regularmente sus obligaciones exigibles?

Cuando la respuesta empieza a ser negativa, el problema deja de ser exclusivamente financiero y pasa a ser también jurídico. Si la empresa ya no puede cumplir regularmente sus obligaciones, el administrador dispone de un plazo de dos meses para solicitar el concurso, y su incumplimiento puede tener consecuencias en la calificación del concurso como culpable. Por eso es precisamente en ese momento cuando la vigilancia debe intensificarse.

Las alertas tempranas existen

La normativa contable y de auditoría, al desarrollar el principio de empresa en funcionamiento, identifica situaciones que pueden generar dudas significativas sobre la capacidad de una empresa para continuar operando.

No se trata necesariamente de acontecimientos que determinen la insolvencia, pero sí de circunstancias que deberían hacer saltar las alarmas en cualquier órgano de administración.

En la práctica, muchas de estas situaciones coinciden con los indicadores presentes en empresas que meses después terminan afrontando procesos de reestructuración, ventas de unidades productivas o concursos de acreedores. Y no es casual que la normativa europea de reestructuración (Directiva (UE) 2019/1023) exija a los Estados miembros facilitar herramientas de alerta temprana: el legislador parte de la misma idea.

En otras palabras: el problema suele anunciarse antes de llegar.

La cuestión es si alguien está escuchando. Las crisis rara vez avisan tarde; lo habitual es que se ignoren pronto.

Señales financieras que merecen atención inmediata

Las primeras alertas suelen aparecer en los estados financieros y en los cuadros de tesorería.

No porque la contabilidad prediga el futuro, sino porque refleja los efectos acumulados de problemas que ya se están produciendo.

Por ejemplo:

  • Flujos de caja negativos recurrentes.
  • Dificultades para atender pagos a su vencimiento.
  • Dependencia creciente de financiación a corto plazo.
  • Necesidad constante de refinanciar deuda.
  • Incumplimientos de obligaciones financieras.
  • Pérdidas de explotación continuadas.
  • Deterioro significativo de activos.
  • Ratios financieras claramente desfavorables.
  • Fondo de maniobra negativo.
  • Patrimonio neto gravemente deteriorado.

Individualmente considerados, algunos de estos factores pueden no ser determinantes.

Sin embargo, cuando varios aparecen simultáneamente, constituyen una señal clara de que la empresa necesita una revisión profunda de su situación.

Cuando los bancos empiezan a preocuparse

Muchas veces las primeras alertas no proceden de la propia empresa, sino de quienes la financian:

  • Reducción de líneas de crédito.
  • Exigencia de garantías adicionales.
  • Dificultades para renovar pólizas.
  • Incremento de tipos o comisiones.
  • Requerimientos de información extraordinaria.

Todo ello suele indicar que terceros profesionales, cuya actividad consiste precisamente en analizar riesgos, han detectado un deterioro de la situación.

Ignorar esos mensajes raramente es una buena estrategia. Cuando quienes viven de analizar riesgos empiezan a preocuparse, conviene prestarles atención.

La señal más visible: los problemas de tesorería

Existe una diferencia importante entre tener problemas y quedarse sin liquidez.

Las empresas pueden soportar períodos de reducción de ingresos o de menores márgenes. Lo que normalmente no pueden soportar durante mucho tiempo es la falta de caja.

Cuando aparecen situaciones como las siguientes, conviene extremar la vigilancia:

  • Retrasos recurrentes a proveedores.
  • Priorización de pagos porque no existe liquidez suficiente para atenderlos todos.
  • Aplazamientos continuos.
  • Dependencia permanente de anticipos.
  • Necesidad de aportaciones extraordinarias de socios para cubrir gastos ordinarios.

Cuando el día a día se convierte en una sucesión de decisiones sobre a qué acreedor pagar primero, probablemente el problema ya no sea coyuntural. Además, ese tipo de decisiones puede ser revisado más adelante si la empresa termina en concurso.

Las señales operativas son igual de importantes

Un error habitual consiste en fijarse únicamente en los números. Sin embargo, muchas crisis comienzan fuera de los balances.

Puede ocurrir cuando:

  • Se pierde un cliente que representa una parte sustancial de la facturación.
  • Desaparece un proveedor crítico.
  • Se producen problemas graves de suministro.
  • Se extinguen licencias o autorizaciones esenciales.
  • La empresa pierde competitividad frente a nuevos operadores.
  • Se marchan directivos clave.
  • Surgen conflictos laborales relevantes.

A menudo estos acontecimientos parecen aislados. Sin embargo, generan un efecto dominó que termina reflejándose meses después en la tesorería y en la capacidad de pago.

Por eso un órgano de administración diligente no debe analizar únicamente cifras. Debe comprender también qué está ocurriendo en el negocio.

El riesgo como administrador en casos de crisis empresarial gira en torno a no documentar las decisiones tomadas para encarar las dificultades

El riesgo de confiar en acontecimientos futuros

Quizá una de las situaciones más habituales en empresas con dificultades sea la confianza excesiva en acontecimientos que todavía no se han producido.

«Estamos pendientes de cerrar una operación», «Estamos negociando una refinanciación», «Vamos a ganar ese procedimiento», «Esperamos recibir una subvención», «Hay un inversor interesado»…

Todas estas circunstancias pueden llegar a materializarse, pero mientras no lo hagan siguen siendo hipótesis. Las decisiones de administración no deberían basarse únicamente en expectativas, sino en previsiones realistas y periódicamente actualizadas.

La historia empresarial está llena de compañías que sobrevivieron demasiados meses apoyándose en una operación que nunca llegó.

La importancia de documentar las decisiones

Existe además una cuestión que muchas veces pasa desapercibida en lo relativo al riesgo como administrador.

No basta con actuar. También es necesario poder demostrar que se actuó. En muchos procedimientos, el debate no gira en torno a si la empresa tenía dificultades, sino a si el órgano de administración identificó a tiempo las señales de alerta y reaccionó diligentemente ante ellas.

Los administradores deberían ser capaces de acreditar, entre otras cuestiones que:

  • Conocían la situación financiera de la empresa.
  • Supervisaban periódicamente la tesorería.
  • Analizaron distintos escenarios.
  • Solicitaron asesoramiento especializado cuando fue necesario.
  • Valoraron alternativas de refinanciación o reestructuración.
  • Las decisiones relevantes quedaron documentadas.

Cuando una situación empresarial es objeto de revisión posterior, las actas, informes, previsiones financieras y documentación interna adquieren una importancia extraordinaria.

La buena noticia: actuar antes funciona

La reforma concursal de 2022 (Ley 16/2022) ha impulsado una lógica diferente a la que existía hace años.

Antes, muchas empresas acudían al concurso cuando prácticamente no quedaban alternativas. Hoy existen herramientas que permiten actuar mucho antes:

  • Negociaciones con acreedores amparadas por la comunicación de apertura de negociaciones (el antiguo «preconcurso»).
  • Planes de reestructuración, que pueden aprobarse incluso con el voto en contra de algunos acreedores.
  • Operaciones de reorganización empresarial.
  • Búsqueda de financiación alternativa.
  • Venta de unidades productivas, incluso preparada antes del concurso (pre-pack).
  • Incorporación de socios o inversores.

Todas ellas comparten una característica común: funcionan mejor cuanto antes se utilizan.

La pregunta que todo administrador debería hacerse

Cuando analizamos situaciones de crisis empresarial solemos centrarnos en los acontecimientos que precipitan el problema.

Sin embargo, la pregunta verdaderamente importante para hacer frente al riesgo como administrador es otra: ¿Cuándo aparecieron las primeras señales objetivas de alerta?

Porque la diferencia entre una reestructuración exitosa y una insolvencia irreversible muchas veces no depende de la gravedad inicial del problema, sino del momento en que se empezó a reaccionar.

Los administradores no están obligados a acertar siempre, pero sí a prestar atención. Las señales suelen aparecer mucho antes de que la palabra «concurso» entre en la conversación. La cuestión no es si estaban ahí, sino quién las vio y qué hizo después.

Una reflexión que trasciende el ámbito jurídico

La importancia de identificar y gestionar tempranamente las señales de deterioro empresarial será precisamente uno de los temas que abordaremos en el XX Encuentro en Galicia de Profesionales del Derecho Concursal, organizado por el Consello Galego de Economistas, que tendré el privilegio de codirigir los próximos 19 y 20 de noviembre en Santiago de Compostela.

Bajo el lema «La creación y preservación de valor en escenarios de insolvencia», magistrados, economistas, abogados, administradores concursales, financiadores e inversores reflexionaremos sobre una cuestión que atraviesa todo el Encuentro:

¿Cómo actuar antes de que las dificultades empresariales se conviertan en insolvencia y la destrucción de valor resulte irreversible?

Porque la experiencia demuestra que la diferencia entre una reestructuración exitosa y una insolvencia irreversible rara vez depende exclusivamente de la gravedad del problema. Con frecuencia depende del momento en que alguien lo identifica y decide actuar.

De la reflexión a la acción: Checklist de Alertas Tempranas

La experiencia acumulada por nuestro equipo en reestructuraciones, insolvencias, situaciones especiales y responsabilidad de administradores nos ha permitido identificar patrones que se repiten con sorprendente frecuencia: la mayoría de las crisis empresariales vienen precedidas de señales que, identificadas e interpretadas correctamente, permiten anticipar problemas, ganar tiempo y ampliar las alternativas disponibles.

Partiendo de esa experiencia, hemos elaborado un Checklist de Alertas Tempranas: una herramienta práctica para ayudar a los órganos de administración a:

  • Identificar factores de riesgo.
  • Reforzar la toma de decisiones.
  • Documentar adecuadamente las actuaciones adoptadas.

Puede consultar y descargar el checklist a continuación.

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